15 jun. 2011

7-7-74: El Contexto


La Inocencia Perdida (I)

Los carasucias en 1957
En 1958, Argentina acudió a la Copa Mundial de la FIFA de Suecia con la moral por las nubes, atesorando una confianza casi ciega en sus posibilidades. La albiceleste recogía la mejor herencia del fútbol jugado según el método argentino, el balompié a la nuestra. Motivos de orgullo no faltaban, pues los tiempos de La Máquina de River aún estaban frescos en la memoria, y las hazañas de los carasucias seguían grabadas en la retina; el equipo de Sívori, Corbatta, Maschio y compañía había encadenado dos triunfos en la Copa América, venciendo primero la edición de 1955 en Chile, y arrasando en el torneo disputado en Perú dos años después.

Las cosas, no obstante, no funcionaron en el Mundial como se esperaba. La marcha de algunas de sus grandes figuras a países europeos terminó con su asimilación a dichas naciones: Di Stéfano firmó por el Real Madrid y acabó jugando por España; Sívori, Maschio y Angelillo se marcharon a la Serie A y cambiaron la albiceleste argentina por la azzurra italiana. Así, cuando el balón echó a rodar, los resultados no acompañaron a la escuadra dirigida por Guillermo Stábile: Argentina perdió el primer encuentro frente a la República Federal Alemana por 1-3, y aunque venció 3-1 en el segundo partido tras remontar un gol inicial de Irlanda del Norte, nada pudo hacer contra Checoslovaquia y encajó un doloroso 6-1. El equipo fue recibido de forma humillante en su llegada a Buenos Aires, y el técnico – que llevaba en el cargo desde 1941 y, según el historiador Juan Presta, “era un romántico que no sabía nada de tácticas, sólo escogía a los mejores y los ponía a jugar” – fue destituido fulminantemente.
La desgracia argentina en Suecia no sólo provocó una renovación completa de su selección, sino también un notable cambio de mentalidad en su fútbol; de la concepción artística del juego que había representado históricamente el balompié a la nuestra, imperante desde los años treinta, se pasó a adoptar una actitud ultracompetitiva, donde la victoria era un imperativo, el único objetivo auténtico del juego. El contexto sociopolítico, además, era favorable al nuevo estilo; la subida al poder de los generales en junio de 1966 promocionó los valores del trabajo, el esfuerzo y la industriosidad por encima de la genialidad, la calidad técnica o la estética. 
Osvaldo Zubeldía
Y si hubo en Argentina un equipo que encarnó más que nadie los nuevos valores del régimen, ese fue sin duda el Estudiantes La Plata de Osvaldo Zubeldía.
La relación entre ambos empezó en 1965; Zubeldía había colgado las botas cinco años antes en Banfield, tras un breve periplo como entrenador-jugador en el Club Atlético Atlanta. En la pequeña entidad bonaerense, Zubeldía ya había empezado a experimentar con elementos poco comunes en el fútbol argentino de la época: fue pionero en el uso de centrocampistas “stoppers”, desarrolló un avanzado sistema de marcas, empezó a ensayar estrategias en las jugadas a balón parado… y sobretodo, practicó de forma constante el “achique de espacios”, esto es, un agresivo sistema de fuera de juego.
Los buenos resultados cosechados con Atlanta, pues, conducieron al joven técnico al banquillo de Estudiantes. Con menos presión de la que hubiese tenido de haber dirigido alguno de los grandes equipos de la época, Zubeldía pudo trabajar con calma en el club pincha: la leyenda cuenta que, al llegar, vio jugar al primer y al tercer equipo, resolvió que éste último lo hacía mejor, y sustituyó prácticamente toda la plantilla profesional por los jóvenes jugadores de la tercera escuadra. Con esa arriesgada decisión nacía una generación de futbolistas con tanto éxito y capacidad de innovación como mal nombre: pasarían a la historia como la tercera que mata.

(continúa en la siguiente entrada)

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